Mostrando entradas con la etiqueta Marc Chagall (1887-1985). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marc Chagall (1887-1985). Mostrar todas las entradas

martes, 10 de abril de 2012

Ratzinger - La cuestión de Job (5/5)


[5. El sentido del sacrificio]

"El hombre, imagen de Dios: una imagen muy deformada que nos mira. En puridad, esa palabra vale sólo para Jesucristo: él es la imagen restaurada de Dios. Pero ¿a qué Dios vemos en ella? Por causa de una teología mal entendida, muchos han percibido ahí una falsa imagen: la imagen de un Dios cruel que pide la sangre de su propio Hijo. Han descifrado la imagen de los amigos de Job y se han apartado con horror de este Dios. Sin embargo, es justamente todo lo contrario: el Dios bíblico no quiere víctimas humanas. Allí donde él se presenta, en la historia religiosa, cesan los sacrificios humanos. Antes de que Abrahán ponga la mano sobre Isaac, se lo impide el mandato divino: el carnero sustituye al niño. Así comienza el culto a Yahvé: la inmolación del primogénito que pide la religión ancestral de Abrahán es relevada por la obediencia, por la fe; el sustituto externo, el carnero, no es más que expresión de este proceso más hondo, que no es sustitución, sino acceso a lo esencial. Para el Dios de Israel, el sacrificio humano es una abominación: Moloc, el dios de los sacrificios humanos, es la quintaesencia del falso dios, al que se opone la fe yahvista. Servicio divino, para el Dios de Israel, no es la muerte del hombre, sino su vida. Ireneo de Lyón acuñó para esta idea la hermosa fórmula: «Gloria Dei homo vivens», el hombre viviente es la gloria de Dios. Esta es la clase de sacrificio humano, de servicio divino que él pide (Adv. haer. IV, 20, 7). Pero ¿qué significa entonces la cruz del Señor? Es la forma que toma aquel amor que ha aceptado al hombre por completo, aun en su culpa y, por lo tanto, aun en su muerte, hasta las cuales ha descendido. Así llegó a ser sacrificio: en cuanto amor sin límites que carga a hombros con el hombre, como con la oveja perdida, y lo conduce de nuevo al Padre, a través de la noche del pecado. Desde ese momento existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo."

[Todo]
Joseph Ratzinger




miércoles, 4 de abril de 2012

Ratzinger - La cuestión de Job (2/5)


[2. La respuesta a Job]

"Sólo Dios puede responder. No lo ha hecho de modo definitivo. No lo ha hecho de forma que la respuesta pueda exponerse a la vista y pronunciarse. Pero tampoco ha callado del todo. Por supuesto, falta su última palabra. Comienza solamente con la resurrección de Jesús. Y siempre ocurre de manera que no sólo el entendimiento humano, sino incluso el corazón la solicita. Esto comienza ya en Job: Dios interviene en el debate. No se pone del lado de sus defensores. Rechaza como blasfema aquella apología que le convierte en ejecutor de una justicia conmutativa minuciosamente contabilizada. No le ha ofendido Job con sus gritos, sino la exactitud de quienes hacían pasar el semblante de Dios por un terrible mecanismo de retribuciones. Pero se esclarece para Job. Sólo se le manifiesta su pequeñez, la pobreza de la perspectiva desde la que mira el mundo. Aprende a callar, a estar en silencio, a esperar. Se le ensancha el corazón, nada más. Esta humildad del silencio es muy importante como primer paso en la sabiduría. Pues resulta sorprendente que las quejas contra Dios sólo en una mínima parte procedan de los dolientes de este mundo, y que en su mayor parte provengan de los espectadores saturados que nunca han sufrido. Los dolientes han aprendido a ver. Cada uno tiene su propio destino ante Dios; no se puede contar a los hombres por cantidades, como si fueran productos. En este mundo, la alabanza sale de los hornos donde tantos se abrasan: el relato de los tres jóvenes en el horno encendido contiene una verdad más profunda que la que se expresa en los tratados eruditos."


Joseph Ratzinger




domingo, 5 de febrero de 2012

González de Cardedal - La Biblia y el mal


"La Biblia no ofrece una respuesta teórica que explique el problema del mal sino una palabra profética que lo desenmascara y lo exorciza, a la vez que va suscitando figuras que lo portan en sí, sufren y muestran la posible superación desde dentro. No propone una metafísica para interpretar el mal sino una terapia para superarlo. Dios no supera el mal, nacido de la libertad del hombre, por la negación de esa libertad o por la violencia; lo soporta, padece y supera mediante el bien. Los pobres de Yahvé, los salmistas, los humillados de la historia encuentran en el Siervo y en la pasión de Cristo la respuesta humilde y humillada de Dios. Ella deja abierta nuestra historia y remite a otra historia nueva, en la que la verdad se afirmará y la injusticia será desvelada.

Mientras que la filosofía griega ha sido de hombres geniales y de minorías privilegiadas, distanciadas de la masa y de los marginados de la sociedad, la narración bíblica mantiene en súplica ante Dios la memoria de los pobres y de las víctimas con la promesa de otorgar justicia a los vencidos y perseguidos injustamente, como hizo con Jesús. Las bienaventuranzas sellan ese programa de vida para el cristianismo porque antes fueron la forma de vida de Jesús. En continuidad con esta actitud de Jesús, la Iglesia se ha preocupado siempre de los pobres y ha atendido a enfermos y marginados. Para ella las obras de misericordia han sido tan esenciales como el credo, las bienaventuranzas como los mandamientos."