martes, 17 de abril de 2012

Ungaretti - I fiumi (1916)

I fiumi
Cotici il 16 agosto 1916

Mi tengo a quest’albero mutilato
Abbandonato in questa dolina
Che ha il languore
Di un circo
Prima o dopo lo spettacolo
E guardo
Il passaggio quieto
Delle nuvole sulla luna

Stamani mi sono disteso
In un’urna d’acqua
E come una reliquia
Ho riposato

L’Isonzo scorrendo
Mi levigava
Come un suo sasso
Ho tirato su
Le mie quattro ossa
E me ne sono andato
Come un acrobata
Sull’acqua

Mi sono accoccolato
Vicino ai miei panni
Sudici di guerra
E come un beduino
Mi sono chinato a ricevere
Il sole

Questo è l’Isonzo
E qui meglio
Mi sono riconosciuto
Una docile fibra
Dell’universo

Il mio supplizio
È quando
Non mi credo
In armonia

Ma quelle occulte
Mani
Che m’intridono
Mi regalano
La rara
Felicità

Ho ripassato
Le epoche
Della mia vita

Questi sono
I miei fiumi

Questo è il Serchio
Al quale hanno attinto
Duemil’anni forse
Di gente mia campagnola
E mio padre e mia madre.

Questo è il Nilo
Che mi ha visto
Nascere e crescere
E ardere d’inconsapevolezza
Nelle distese pianure

Questa è la Senna
E in quel suo torbido
Mi sono rimescolato
E mi sono conosciuto

Questi sono i miei fiumi
Contati nell’Isonzo

Questa è la mia nostalgia
Che in ognuno
Mi traspare
Ora ch’è notte
Che la mia vita mi pare
Una corolla
Di tenebre

Giuseppe Ungaretti, en L'Allegria (1931): "Il porto sepolto"


  • Giuseppe Ungaretti (1888-1970), L'Allegria, Preda, Milano 1931: "Il porto sepolto".


Ungaretti - I fiumi (1916) [Recitación]



martes, 10 de abril de 2012

Ratzinger - La cuestión de Job (5/5)


[5. El sentido del sacrificio]

"El hombre, imagen de Dios: una imagen muy deformada que nos mira. En puridad, esa palabra vale sólo para Jesucristo: él es la imagen restaurada de Dios. Pero ¿a qué Dios vemos en ella? Por causa de una teología mal entendida, muchos han percibido ahí una falsa imagen: la imagen de un Dios cruel que pide la sangre de su propio Hijo. Han descifrado la imagen de los amigos de Job y se han apartado con horror de este Dios. Sin embargo, es justamente todo lo contrario: el Dios bíblico no quiere víctimas humanas. Allí donde él se presenta, en la historia religiosa, cesan los sacrificios humanos. Antes de que Abrahán ponga la mano sobre Isaac, se lo impide el mandato divino: el carnero sustituye al niño. Así comienza el culto a Yahvé: la inmolación del primogénito que pide la religión ancestral de Abrahán es relevada por la obediencia, por la fe; el sustituto externo, el carnero, no es más que expresión de este proceso más hondo, que no es sustitución, sino acceso a lo esencial. Para el Dios de Israel, el sacrificio humano es una abominación: Moloc, el dios de los sacrificios humanos, es la quintaesencia del falso dios, al que se opone la fe yahvista. Servicio divino, para el Dios de Israel, no es la muerte del hombre, sino su vida. Ireneo de Lyón acuñó para esta idea la hermosa fórmula: «Gloria Dei homo vivens», el hombre viviente es la gloria de Dios. Esta es la clase de sacrificio humano, de servicio divino que él pide (Adv. haer. IV, 20, 7). Pero ¿qué significa entonces la cruz del Señor? Es la forma que toma aquel amor que ha aceptado al hombre por completo, aun en su culpa y, por lo tanto, aun en su muerte, hasta las cuales ha descendido. Así llegó a ser sacrificio: en cuanto amor sin límites que carga a hombros con el hombre, como con la oveja perdida, y lo conduce de nuevo al Padre, a través de la noche del pecado. Desde ese momento existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo."

[Todo]
Joseph Ratzinger




domingo, 8 de abril de 2012

Ratzinger - La cuestión de Job (4/5)


[4. Jesucristo resucitado]

"Tenemos que dar aún un paso más. La cruz no quedó como última palabra de Dios en Jesucristo. La tumba no lo retuvo. Resucitó y Dios nos habla por medio del resucitado. En el infierno, el rico epulón rogaba que Lázaro se apareciese a sus hermanos y les avisara de su cruel destino: creerían, piensa él, si alguien resucitara de entre los muertos (Lc 16, 27s). Ahora bien, el verdadero Lázaro ha venido. Está ahí y nos dice: esta vida no lo es todo. Hay una eternidad. Mantener esto hoy, en teología, para muchos resulta muy poco moderno. El tema del otro mundo tiene todos los visos de una evasión del presente. Pero, si ese tema es verdadero, ¿se puede pasar por alto?, ¿se puede desdeñar como consuelo?, ¿no es lo que da precisamente a la vida seriedad, libertad, esperanza?"


Joseph Ratzinger




miércoles, 4 de abril de 2012

Ratzinger - La cuestión de Job (2/5)


[2. La respuesta a Job]

"Sólo Dios puede responder. No lo ha hecho de modo definitivo. No lo ha hecho de forma que la respuesta pueda exponerse a la vista y pronunciarse. Pero tampoco ha callado del todo. Por supuesto, falta su última palabra. Comienza solamente con la resurrección de Jesús. Y siempre ocurre de manera que no sólo el entendimiento humano, sino incluso el corazón la solicita. Esto comienza ya en Job: Dios interviene en el debate. No se pone del lado de sus defensores. Rechaza como blasfema aquella apología que le convierte en ejecutor de una justicia conmutativa minuciosamente contabilizada. No le ha ofendido Job con sus gritos, sino la exactitud de quienes hacían pasar el semblante de Dios por un terrible mecanismo de retribuciones. Pero se esclarece para Job. Sólo se le manifiesta su pequeñez, la pobreza de la perspectiva desde la que mira el mundo. Aprende a callar, a estar en silencio, a esperar. Se le ensancha el corazón, nada más. Esta humildad del silencio es muy importante como primer paso en la sabiduría. Pues resulta sorprendente que las quejas contra Dios sólo en una mínima parte procedan de los dolientes de este mundo, y que en su mayor parte provengan de los espectadores saturados que nunca han sufrido. Los dolientes han aprendido a ver. Cada uno tiene su propio destino ante Dios; no se puede contar a los hombres por cantidades, como si fueran productos. En este mundo, la alabanza sale de los hornos donde tantos se abrasan: el relato de los tres jóvenes en el horno encendido contiene una verdad más profunda que la que se expresa en los tratados eruditos."


Joseph Ratzinger




lunes, 2 de abril de 2012

Ratzinger - La cuestión de Job (1/5)


[1. El grito de Job]

"Solamente el hombre es imagen de Dios. Cuando se piensa sobre esto de forma más concreta, se puede caer en una terrible sensación. Seguramente se repiten los momentos dichosos en los que algo de Dios se hace visible en el ser humano. Afortunadamente Dios brilla a veces a través del hombre. Pero nuestra experiencia está marcada con mayor fuerza por lo contrario: el hombre, en su historia, parece demostrar más la existencia de un demonio —o al menos la de un ser ambiguo— que la de un Dios bueno. El hombre refuta a este Dios, al que señala la creación. Junto a la culpa del hombre, con toda la opacidad que de ella brota, está el incomprensible sufrimiento de los inocentes, la más tremenda denuncia elevada contra Dios en un coro de resonancias cada vez más ásperas, desde Job hasta Dostoyevski y Auschwitz. Job no puede aceptar la apología de Dios con la que sus amigos tratan de explicar sus sufrimientos; esta apología no es otra cosa que la sabiduría de Israel hasta entonces válida: según ésta, el sufrimiento es castigo del pecado, y el bienestar, premio del bien; de esta suerte el mundo aparece como un sistema de estricta justicia que premia o castiga, aun cuando no siempre acertemos a ver el fundamento de las sanciones. Tras el grito de Job están hoy los millones de personas que desaparecieron anónimamente en las cámaras de gas de Auschwitz o en las cárceles de las dictaduras de izquierdas o de derechas. «¿Dónde está vuestro Dios?», gritan cada vez más alto los acusadores. Ciertamente, en esas palabras hay a menudo más cinismo que respeto real ante lo terrible del sufrimiento humano. Pero la acusación es verdadera. ¿Dónde estás, Dios? ¿Quién eres, que callas?"


Joseph Ratzinger




domingo, 25 de marzo de 2012

Werfel - Gottes Freude / Alegría de Dios


"Stille herrscht auf dem weiten Hof. Die Gottesgäste an den rings aufgeschlagenen Tischen – jeder einzelne ein Glied der vornehmsten Vaterhäuser des Landes – haben sich erhoben. Sie harren auf ein Wort des Königs. Josijah aber spricht nicht nur ein Wort, sondern zwei, und es sind zwei wahre Losungsworte, die aus seinem Munde über den Platz
schallen:
»Gottes Freude!!«
Es klingt wie ein herrischer Kriegsbefehl an die Feiernden, alle Lust und Fröhlichkeit, die sich die Seele im Drangsal des Lebens bewahrt hat, eifrig zusammenzuraffen und sie an diesem Abend als das Opfer des Opfers darzubringen. Denn aus Freude hat im Anbeginn der Herr Himmel und Erde geschaffen. Sein Hauch, der über den Wassern wehte, das Licht, zu dem er sprach »es werde« und es ward, sie sind die geschaffenen Zeichen von Gottes Freude. Des Königs blitzendes Gesicht scheint zu sagen: Freude ist Gottes Kraft. Er gibt sie uns, damit wir sie ihm wiedergeben am Passah der Befreiung und Erlösung aus Knechtschaft. Jirmijah hat Tränen in den Augen. Über den Vorhof aber donnert der tausendstimmige Ruf: »Gottes Freude!«"


"Reina el silencio en el vasto atrio [del Templo]. Los huéspedes de las mesas circundantes —cada uno miembro de las más distinguidas casas patriarcales del país— se han puesto de pie. Esperan una palabra del rey. Josías no pronuncia una, sino tres, verdadero santo y seña que hace estremecer los muros:
—¡Alegría de Dios!
Suena como una imperiosa orden de guerra. Manda a los festejantes que reúnan toda la jovialidad recatada y el alegre humor que guarda el alma en medio de las penurias de la vida, para ofrecerlas como ofrenda de las ofrendas. Porque Dios creó en un principio un cielo y una tierra de alegría. Su hálito, que ondeaba suavemente sobre las aguas; la luz a la que dijo 'Sea la luz' y así se hizo, son signos creados de la alegría de Dios. El rostro brillante del rey parece decir: la alegría es una fuerza divina. Él nos la da para que se la devolvamos el día pascual, día de la liberación, día de la salvación de la servidumbre y esclavitud. Jeremías tiene los ojos anegados en lágrimas. Por el atrio retumban mil voces: ¡Alegría de Dios!"

Franz Werfel, en Höret die Stimme / Escuchad la voz (1937)



von Balthasar - Las dimensiones del sí mariano


"Existe acuerdo en afirmar que la respuesta final de María al ángel, y a través de él a Dios, «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra», fue la expresión plena de la fe de Abraham y de todo Israel. Ya a Abraham se le había reclamado una obediencia entusiasta de fe cuando se le exigió devolver a Dios en el monte Moria precisamente el don que Dios le había hecho por su fe, el hijo de la promesa, en un sacrificio espiritualmente completo, sólo interrumpido en su materialidad. En el caso de María, Dios irá hasta el final de esa fe cuando, en la cruz, junto a la cual está ella de pie, no interviene ningún ángel rescatador, y ella debe devolver a Dios a su Hijo, el Hijo del cumplimiento, en una oscuridad de fe incomprensible e impenetrable para ella.

Pero ya en la concepción de Jesús se exige un acto de fe que supera infinitamente al de Abraham (y con mayor razón el de Sara, que se rió incrédula). La Palabra de Dios, que quiere tomar carne en María, necesita un sí receptivo que sea pronunciado con la persona entera, espíritu y cuerpo, sencillamente sin restricción alguna (ni siquiera inconsciente), y que ofrezca la totalidad de la naturaleza humana como lugar de la humanación. Recibir y consentir no tienen por qué ser algo pasivo; respecto a Dios son siempre, cuando se realizan en la fe, suprema actividad. Si en el sí de María hubiera habido siquiera la sombra de un reparo, de un «hasta aquí, pero no más lejos», a su fe se habría adherido una mácula, y el Hijo no habría podido tomar posesión de toda la naturaleza humana. Esta carencia de reparos del sí de María se revela quizás más claramente allí donde María aprueba también su matrimonio con José y deja en manos de Dios su compatibilidad con su nueva tarea."

Hans Urs von Balthasar




Este año la Encarnación se celebra el 26 de marzo

miércoles, 21 de marzo de 2012

Issa - Haikú: La primavera comienza


.初春や千代のためしに立給ふ
hatsu haru ya chiyo no tameshi ni tatsu tamau

  La primavera comienza
          como se ha dignado hacer
durante mil eras   

Kobayashi Issa (1763-1827)



sábado, 17 de marzo de 2012

Werfel - Jerusalén


"Jebus, Urusalim, Jeruschalajim, Zion, wie immer auch genannt, sie war die Stadt ohne Anfang und Ende, älter als die älteste Erinnerung, gewesen, seiend und werdend wie der Gott, der sie um den Felsen Moriah versammelt hatte, auf dem Abraham sein schweres Glaubensopfer darzubringen sich bereitet hatte. Ihr frühester König, dessen Name uns überliefert ist, hieß Melchisedek, gerechter König, und die Liturgie bewahrt sein Angedenken bis auf den heutigen Tag als Vorstrahlung des Messias. Die Tempel von Theben und Karnak waren gewaltige Rekonstruktionen von Trümmerstätten. Doch nur das Tote läßt sich rekonstruieren. Rom und Athen waren moderne Städte mit musealen Ruinenfeldern in ihrer Mitte. Jerusalem aber, die Hochgebaute, die dort in der Sonne loderte, besaß keine Ruinen. Sie hatte ihre Zeitalter nicht abgestreift und liegen lassen wie steinerne Häute. Die Tochter Zions stand immer wieder im Licht und lag immer wieder im Staube. Das Feuer Nebukadnezars, das Spitzeisen des Titus, der Pflug Hadrians war über sie hingeknirscht. Doch ihr wahrer Bestand hing von ihrem tatsächlichen Bestande nicht ab. Wer ihre Zeit zählte, zählte die Zeit Gottes mit, die ohne Zeit ist."


"Jebus, Uruslem, Jeruschalajim, Sión y como quiera que se la haya llamado, es la ciudad sin principio ni fin; la ciudad aún más vieja que el recuerdo más antiguo; la ciudad pasada, presente y futura como el Dios que la reunió alrededor de la roca Moriah, en la que Abraham se preparó para llevar a cabo su pesado, doloroso y pío sacrificio. Su primer rey, cuyo nombre nos ha sido transmitido por la tradición, se llamó Melquisedec, rey justo. La liturgia guarda su recuerdo hasta el día de hoy como resplandor augural del Mesías. Los templos de Tebas y Karnak son majestuosas reconstrucciones de parajes en ruinas. Pero sólo lo muerto permite ser reconstruido. Roma y Atenas son modernas urbes con campos de ruinas de museo en su centro. Jerusalén —la edificada en lo alto, la eminente, la que llanea al sol— no posee ruinas. Ella no se ha despojado de sus diferentes períodos históricos, arrojándolos como pieles mudadas y pétreas. La hija de Sión se yergue siempre de nuevo en la luz, y se arrastra a su vez en el polvo. El fuego de Nabucodonosor, los picos de Tito, el arado de Adriano, han pasado por encima de ella chisporroteantes, crepitantes, crujientes. Pero su verdadera subsistencia no depende de su existencia real. Quien mide su tiempo, mide la edad de Dios, que no tiene edad."

Franz Werfel, en Höret die Stimme / Escuchad la voz (1937)